¿Por qué nos aburren tanto las reuniones online?
¿Cuántas veces has terminado una videollamada pensando que podrías haberte ahorrado esa hora?
Seguro que unas cuantas.
Y no necesariamente porque el tema no fuera importante. A veces lo era. Pero alguien habló durante cuarenta minutos, los demás escucharon y, cuando por fin llegó la oportunidad de intervenir, ya casi era hora de despedirse.
¿Qué tiene de malo una reunión informativa?
Nada. Hay cosas que necesitamos contar y otras que necesitamos escuchar.
Pero si la información podía enviarse por escrito o grabarse en cinco minutos, ¿por qué necesitábamos coincidir todos a las diez de la mañana?
La posibilidad de reunir personas desde cualquier lugar es extraordinaria. Utilizarla exclusivamente para transmitir información parece un aprovechamiento bastante modesto.
¿Y esas reuniones donde todo parece estar decidido de antemano?
También las conocemos.
Nos convocan para discutir un asunto, pero enseguida descubrimos que las decisiones importantes ya se tomaron. Podemos preguntar, comentar, incluso manifestar alguna discrepancia. Aunque eso no cambiará demasiado las cosas.
No es extraño que la participación sea escasa.
¿Para qué intervenir si nuestra intervención no tiene ninguna consecuencia?
¿Y cuando nos reunimos porque siempre nos reunimos?
La reunión de los lunes. La de seguimiento. La de coordinación. La que sirve para preparar la siguiente reunión.
Algunas son necesarias. Otras parecen haber adquirido vida propia.
Y ahí estamos, mirando una sucesión de pequeñas caras en la pantalla, esperando nuestro turno para decir algo que quizás tampoco hacía demasiada falta decir.
¿Será que las reuniones online son aburridas por naturaleza?
No lo creo.
Podemos pasar una hora frente a la pantalla participando en una conversación apasionante, jugando, aprendiendo algo o intentando resolver un problema con otras personas.
El medio es el mismo. La experiencia, completamente diferente.
Lo que cambia es nuestro papel.
No es igual asistir a una presentación que participar en una sesión donde tenemos que explorar una situación, contrastar propuestas, construir algo o tomar una decisión junto a otros.
Y tampoco es lo mismo que alguien nos pregunte qué opinamos que encontrarnos trabajando realmente con las ideas de los demás.
Entonces, ¿por qué seguimos haciendo tantas reuniones de la misma manera?
Quizás porque hemos aprendido a convocarlas mucho antes de aprender a diseñarlas.
Sabemos enviar invitaciones, compartir pantalla, administrar turnos y grabar encuentros.
Pero reunir personas ofrece posibilidades bastante más interesantes que conseguir que todas escuchen al mismo tiempo.
Existen sesiones interactivas, workshops y dinámicas colaborativas que aprovechan precisamente esa coincidencia: personas con experiencias y conocimientos diferentes trabajando sobre algo en común.
No hace falta convertir cada videollamada en un taller. A veces una explicación breve es suficiente. Y otras veces, sencillamente, no hace falta una reunión.
Pero cuando realmente necesitamos que varias personas se encuentren, tal vez deberíamos preguntarnos qué van a poder hacer juntas.
Porque una reunión online puede ser una hora de pantalla.
O puede ser una hora en la que suceda algo que merecía la pena compartir.

